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 PROMENADE EN GIZÁ

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AutorMensaje
Alejandra Correas Vázquez
POETA NOVEL
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Mensajes : 19
Fecha de inscripción : 11/10/2015

MensajeTema: PROMENADE EN GIZÁ   Mar Nov 10, 2015 2:47 pm

PROMENADE
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por Alejandra Correas Vázquez
EGIPTO- DINASTÍA XVIII
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Un radiante mediodía la planicie de Gizhá contemplaba la presencia de un grupo de príncipes egipcios que venían de caza. El sol caía con sus lenguas de fuego, rebotando sobre la pulida superficie de las tres pirámides, y la arena semejante a un gran mar amarillo, centellaba ante el resplandor del astro rey. La placidez encantada sumía sus figuras extendiéndose por aquel escenario, donde el coro de voces juveniles cubrieron muy pronto la soledad de la atmósfera.

Ágiles como sus corceles, estos príncipes de Menfis (capital del norte) recorrían la dimensión arenosa del desierto con la alegría rebosante de su juventud. El bronce rojizo de sus cuerpos contrastaba con la coloración clara de sus vestiduras. El esplendor de la vida emanaba en cada uno de ellos, como canto a la naturaleza. El conjunto era vigoroso. Animados por la caricia luminosa del día expresaban con su plenitud el placer de la existencia. Los temperamentos particulares definían sus naturalezas íntimas.

Uno de ellos —el más joven del grupo— tenía caracteres de notable sensibilidad. Muy delgado, refinadamente esbelto, de elegancia delicada, mostrando una frente alta y abultada que expresaba con soltura su temperamento intelectual. En contraste, su rostro estaba enmarcado por unas orejas pequeñas y adornadas de argollas. Su cabellera morena era muy abundante y la vellosidad le cubría la nuca.

Su ternura se irradia hasta el presente por la sencillez idealista que exhibiría, más adelante, en su conducta como gobernante. En los sutiles rasgos de sus esculturas. Y en la “finura única de su momia”, según palabras de Arthur Weigall, que aún se advierte al contemplarla.

Con sus manos finas de huesos pronunciados, dirigía aquel día con esbeltez su brioso caballo. Su gesto aristocrático y altivo sujetaba el mentón sin perder la dulzura general. Nadie habría concebido al contemplarlo que aquel núbil príncipe, de delicadeza rayana en lo femenino, pudiese ser hijo del musculoso y cruel faraón Amenofis II (quien estremecía todos los extremos del imperio egipcio, con su sádica y arrogante personalidad).

Pero este príncipe Tuthmosis —de inclinación romántica y mística— no preocupaba en nada a su belicoso padre, dado que él no era el heredero oficial de la corona. Pues había otro sucesor ya elegido. Siendo el bello doncel sólo un príncipe secundario, y libre por tanto, de movilizarse en compañía de sus amigos. Sobre Tuthmosis en aquel momento, no recaía responsabilidad alguna.

Tuthmosis era fresco en delicadeza y elegancia como la melodía de esas liras orientales. Y aquel paseo de cacería debía tener para él un interés mayor, en la contemplación de la naturaleza o de los monumentos de Gizhá, que en la persecución de víctimas de caza. Todo su comportamiento posterior parecería demostrarlo.

El sol caía incandescente sobre sus cabezas y la arena, ardiente como una llamarada, impuso a los jóvenes un intervalo de descanso. Descendieron de sus carros de caza con fatiga y fueron en busca de la sombra, cuyo amparo ofrecían los monumentos.

Tuthmosis eligió reposar junto al Dios Esfinge, el dios solar, a quien la arena cubríale todo el cuerpo dejándole sobresalir únicamente la cabeza, lo que alcanzaba una altura de más de quince metros. Su cuerpo distendióse y la quietud llenó aún más de meditaciones, aquel silencio pétreo de Gizhá.

Mientras el país conmovíase en agitaciones sin cuenta, llevado de la mano por su fogoso faraón Amenofis II (hijo de Tuthmosis III el vencedor de Armagedón), su vástago menor contemplaba la imperturbabilidad del desierto a la sombra de aquellos silenciosos monumentos, que tenían ya por entonces, más de mil años de existencia. La serenidad del ambiente en aquella siesta sahariana, terminó por hacerlo caer en un profundo sueño. Sus facciones adquirieron entonces una mayor dulzura y su cuerpo distendido, bello y bronceado, cobró una elegancia especial así dormido a los pies del Esfinge de Gizhá.

De improviso, como un relámpago caído en aquel ardiente mediodía, o como un trueno que invadiera la monotonía del escenario interrumpiendo el descanso, una voz sonora y penetrante quebró la placidez de Tuthmosis :

“¡Alza los ojos y mírame!
¡Oh hijo mío Tuthmosis!”

El príncipe se incorporó con rapidez, extrañado y sorprendido, alzó los ojos como le dijera la Voz buscando con inquietud su procedencia ...pero... ¡Nadie había allí! Ningún personaje real y humano como él, sólo la imperturbable forma pétrea del dios sol Esfinge. Y la Voz continuó hablándole para confirmar al muy asombrado Tuthmosis, que efectivamente provenía de allí ... de El :

“¡Yo soy tu padre! … ¡El Dios Sol!
Y te doy mi reinado sobre esta tierra”

Enmudecido y sin dudar ya, Tuthmosis permaneció sumiso y arrobado junto a la gigantesca figura del Dios Solar de Heliópolis, quien le hablaba...

Con su rostro pétreo de Esfinge, el dios sol heliopolitano continuó emitiendo su voz en el mismo tono emocionado del comienzo… Para transformar toda la existencia de aquel príncipe olvidado, y de la de la nación entera. Dando vueltas la historia del país del Nilo y cambiando por completo la vida de Tuthmosis.  

El era hasta ese momento un príncipe olvidado, alejado de la fastuosa corte tebana radicada en el sur. Había nacido en el norte del país y se hallaba ajeno a la política guerrera imperante. Pero sin embargo, en aquel instante, de ser nadie entre el conjunto de príncipes, hijos del fogoso Amenofis II, habíase transformado de improviso, en  el :

…“Elegido”…

Sí… Elegido por el Dios Sol del Egipto, en su figura de Esfinge. Su mensaje continúa grabado en piedra desde entonces :

“Tu estarás a la cabeza de los vivientes adornado de la Corona Blanca y la Corona Roja y estarás sentado en el trono de Geb, el Dios Tierra. El país te pertenecerá a todo su largo y todo su ancho así también como todo aquello que ilumina el ojo del Señor-de-Todo... Las riquezas del Bajo Egipto y el Alto Egipto, así como los grandes tributos de todos los países serán tuyos. Todo es para ti... por largos años. Mi apoyo y favores son para ti. Hace muchísimos años que posé en ti, mi mirada y mi corazón…

Tú de tu parte me protegerás porque tal como me hallo hoy día, me encuentro como enfermo y como ahogado por la arena del desierto que me cubre ¡Atiéndeme y ejecuta mis deseos! Toma conciencia de que tú eres mi hijo y mi protector ¡Ven a mi pronto! Estoy contigo...

¡Yo soy tu guía!”

Este no era el primer oráculo ni tampoco sería el último. Los dioses que respondían al monasterio de Heliópolis (On) siempre hablaban desde sus estatuas y tal vez nunca sabremos por qué medios, aunque los estudios modernos revalorizan sus valores acústicos. Los heliopolitanos se extinguieron hace milenios, haciendo un “mutis por el foro” y llevándose al silencio eterno sus secretos. Tal como vivieron y como actuaron. De esa manera el “milagro” de la Voz del Esfinge sería inscripto como un “sueño” del príncipe, para no desprestigiar al heredero elegido por On (Heliópolis).

Es en aquel momento cuando el pensamiento pacifista heliopolitano se toma de la mano de un hijo suyo, el juvenil Faraón del Esfinge –Tuthmosis IV– con un vigor renovado y decidido.

Una sociedad nueva se instala en el Nilo a través suyo, para delicia de nuestro juvenil faraón quien trocó la violencia en armonía. Si los dos monarcas célebres que habrían de sucederle como herederos legítimos, su hijo y su nieto (Amenofis IIII y Amenofis IV o Akhenatón) serían baluartes de la paz, suprimiendo las guerras, en él esta paz se destaca de manera especial. Porque Tuthmosis IV recibió en sus manos un reino totalmente guerrero, invasor y genocida, y lo transformó en un reinado pacífico.

Encontró un Egipto imperialista, destructor de rivales internos y externos, con devastación de países vecinos donde la batalla de Armagedón o Meggido (ganada por su abuelo Tuthmosis III) ha quedado en la memoria de los pueblos (y en especial en la tradición bíblica) como un grave acontecimiento histórico que sobrepasa la leyenda.

Pero Tuthmosis IV con la fuerza de su juventud, y sus convicciones, lo modificó todo. Cambió las reglas del juego. Dio vuelta los conceptos vitales de su tiempo, transformando a Egipto en un mensajero de la Paz.

Su figura es como un bello poema surgido entre los desencuentros de los hombres que le antecedieron, y los que habrían de sucederle. El abrió una ruta que hizo vivir a los habitantes del Nilo y a sus vecinos, un centenar de años dichosos. Alabémosle aunque sea luego de treinta y cuatro siglos por un mérito semejante.

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